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El patrimonio neto de la industria de los FIDC se ha más que duplicado en dos años en Brasil, pasando de 376.000 millones de reales en julio de 2023 a 867.000 millones de reales en abril de 2026. Esto no es una burbuja ni una moda pasajera del mercado de capitales. Es la consolidación de un cambio estructural en la forma en que las empresas brasileñas, de diferentes tamaños y sectores, están captando recursos.
Durante mucho tiempo, el FIDC fue un instrumento accesible solo para grandes empresas que cotizan en bolsa, instituciones financieras, minoristas y distribuidores con facturaciones multimillonarias. Sin embargo, las cifras dejan claro que el FIDC ha dejado de ser una estructura al alcance de unos pocos y se está convirtiendo en la mejor alternativa de financiación para la gran mayoría de las compañías que acceden o consideran la idea de debutar en el mercado de capitales.
Uno de los principales motivos ha sido el reciente cambio normativo. La Resolución CVM 175 permitió que el inversor común pudiera comprar cuotas de FIDC, algo que hasta entonces estaba restringido a quienes tenían al menos 1 millón de reales invertidos y estaban calificados en las categorías de Inversor Profesional.
La captación de recursos de los gestores de crédito privado ha ganado un impulso sin precedentes, provocando que la demanda de este tipo de activos creciera más que la oferta. Al fin y al cabo, ha quedado aún más claro que, a través del FIDC, es posible diversificar y pulverizar la asignación por sector, industria y geografía, y aun así ofrecer a los inversores una rentabilidad sustancial por encima del CDI.
Y lo más fascinante de todo es que su alcance hace que casi todo sea "fidicable": crédito corporativo, préstamos con descuento en nómina, distribución, alquiler de equipos, agronegocios, educación, salud, energía solar, SaaS, bienes raíces, consorcios, medios y contenidos. Sectores con naturalezas de negocio completamente distintas están llegando a la misma conclusión: el FIDC es hoy la herramienta más eficiente para financiar el propio ecosistema de una empresa.
De forma simplificada, un FIDC cuenta con dos tipos de cuotas: sénior y subordinada, o júnior. Normalmente, en una proporción del 80% y 20%, respectivamente. Por norma general, los inversores institucionales entran a través de la cuota sénior, que tiene prioridad en los pagos y recibe una remuneración preestablecida, por lo general CDI más un diferencial.
Por su parte, la cuota subordinada suele quedar en manos de la propia empresa o de sus socios. Esto demuestra una alineación de intereses, ya que la propia cedente de los créditos o el accionista del grupo está invirtiendo en esta estructura y, si hubiera algún incumplimiento, es la cuota subordinada la que absorbe esas pérdidas, hasta el límite del importe invertido en ella.
Este colchón de protección brinda a los inversores de la cuota sénior la seguridad de que, incluso con una política de crédito austera y una cartera diversificada, las posibles pérdidas serán absorbidas hasta un 20% sin impacto en su capital.
Pero, ¿por qué las empresas estarían migrando su fuente de captación de las líneas bancarias tradicionales —o incluso de las más sofisticadas, como las que ya cuentan con obligaciones, pagarés o certificados de derechos crediticios del agronegocio— en busca de la estructuración de un FIDC?
El FIDC no es solo dinero por dinero. A lo largo de una trayectoria que ya suma casi 2000 millones de reales estructurados en este instrumento hasta el primer semestre de 2027, hemos identificado una serie de beneficios para las empresas. Uno de ellos es la reducción del coste de capital, ya que el diferimiento fiscal puede hacer que el coste final de los recursos sea menor. La estructura también puede generar ingresos financieros para el empresario o para la propia compañía, que participa en el fondo mediante cuotas subordinadas y recibe intereses de la operación.
Otro beneficio reside en el alargamiento del pasivo. A diferencia de las líneas bancarias a corto plazo, un FIDC bien estructurado permite trabajar con plazos más largos. La anticipación de los cobros también genera gastos financieros, lo que reduce la base imponible del impuesto sobre la renta y la contribución social. Una vez creado el vehículo, se pueden realizar nuevas emisiones de cuotas en el mismo fondo, aprovechando el historial crediticio ya conocido por gestores e inversores, con menores costes de estructuración y, potencialmente, mejores condiciones de captación.
El FIDC también ayuda a diversificar la base de acreedores y reduce la dependencia de los bancos, otorgando a la compañía un mayor poder de negociación al contratar otras líneas de crédito. Por último, la estructuración del fondo exige avances en gobernanza, auditoría de cobros y relación con inversores institucionales, creando condiciones que pueden facilitar, más adelante, un evento de liquidez para los socios.
Por lo tanto, la pregunta que queda es: si la industria de los FIDC ha más que duplicado su tamaño en dos años, si la gran mayoría de los sectores ya cuenta con empresas bajo esta dinámica y si el FIDC ha demostrado ser tan versátil y exitoso, ¿qué es lo que aún mantiene a su empresa atada a esas líneas obsoletas?